viernes, 2 de enero de 2015


FUE PORQUE estaba a la distancia idónea. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos del Sol, justo donde no hace excesivo calor (como en Venus) ni demasiado frío (como en Marte). Aunque al parecer no fue sólo eso: tenían que concurrir más condiciones. Pero el caso es que concurrieron. De modo que emergió la vida. Primero tímidamente, aunque después cubrió todo el planeta. En poco tiempo se convirtió en una fábrica de vida: en una factoría descontrolada. Los vivientes se reproducían, aumentaban su número. Primero tomaban su alimento de lo inerte, luego empezaron a devorarse unos a otros. A esa depredación incipiente (células que engullen células) se le llama fagocitación. Comiendo vida obtenían más nutrición, más energía. Era una gran ventaja. Y la fábrica seguía produciendo más y más. Y es que la generación reproductiva no tiene límites. Unos engendran a otros y éstos a su vez se multiplican. De modo infinito salvo porque los recursos son limitados: el planeta es el que es. Y por eso la vida es dura. Por eso es cuesta arriba. Porque su tendencia a aumentar y crecer es infinita, pero el sustento disponible no lo es. Y hay que luchar por él... Ésta es la índole del fenómeno vida. Calificarlo de monstruoso no parece excesivo.






LA ÚNICA limitación al número de seres que puede albergar la Tierra viene de la cantidad de recursos disponibles. Puesto que la vida tiende a reproducirse ilimitadamente pero los nutrientes son limitados, los seres vivos están abocados a una constante lucha.

Si hay vida ahí fuera, ¿se repetirá el esquema de lucha y depredación?

Quienes pueblen otros planetas, ¿estarán obligados a luchar entre ellos?

¿Es esa lucha un rasgo, no ya de la vida en la Tierra, sino de la vida en general? Si lo es, qué pena.






CÉLULAS SENSIBLES a la luz conectadas con receptores nerviosos. En eso consiste ver. Hace millones de años un pez (ciego, como todos) empezó a percibir bultos y sombras. No era mucho, pero entre tanta negrura le daba ventaja.

Posiblemente la materia se veía a sí misma por primera vez.






EL DESIERTO ha modelado camellos, dromedarios, alacranes, lagartos, cactus…

Pacientemente los ha delineado para resistir la sequedad. Ha trazado jorobas para almacenar agua, ha conformado espinas para que otros no los coman…

El desierto los ha ido tallando, esculpiendo, perfilando, dándoles forma.

Todos ellos –camellos, dromedarios, cactus…- son su obra. Son los frutos vivos del inerte desierto.

Como los trópicos (que modelaron papagayos y monos), las montañas escarpadas (que diseñaron cabras o águilas), o los casquetes polares (que han esculpido pingüinos, focas), todos ellos son grandes alfareros.






EN LOS otros planetas también hay volcanes, tormentas, huracanes, seísmos.

Con su luna, sus rocas, su arena, sus dunas, sus ya borrados cráteres, la Tierra no es muy diferente. Salvo por la presencia de vida.

Fuera de la Tierra también hay terremotos, relámpagos, meteoros… Pero allí no dañan porque no hay nadie a quien dañar.







COMER EL cuerpo de un animal. Masticar las patas -sus músculos, tendones-. Ésas con que corrió por el bosque, con que trepó a los árboles, con que excavó madrigueras. Masticar la sangre coagulada, la misma que circuló por sus venas y arterias, la que su corazón bombeó. Masticar la médula, las fibras nerviosas por las que viajó el dolor, tal vez el placer si lo tuvo. Masticar sus sesos, la gelatina espesa en que moraron el miedo, la sorpresa, la fatiga, quizá los sueños. Masticar la lengua con que lamió a sus cachorros, los pechos con que los amamantó, el abdomen donde se gestaron. Lo hago, rutinariamente hago todo eso.






UNOS HOMBRES invaden el territorio de otros. Por la fuerza les arrebatan su tierra. Les capturan, les someten brutalmente, les esclavizan. Les llevan a otro lugar y les obligan de por vida a trabajar para otros, a obedecer sumisamente bajo amenaza de castigo o ejecución. Todos los días de su vida forzados a ser un animal o una cosa. 

No es algo que haya pasado alguna vez. Es algo que ha ocurrido continuamente. Es lo normal, lo habitual, lo de siempre en la historia del hombre.

El esquema se repite en culturas muy alejadas.

Los indígenas americanos fueron sometidos, pero antes de llegar los invasores europeos ellos mismos, los nativos de allí, guerreaban y se invadían entre ellos.

Un gran número de africanos fueron llevados por la fuerza a América y vendidos como esclavos, pero mucho antes ya había esclavitud y guerras entre tribus de África.

Invadir, masacrar, esclavizar, torturar... Los humanos siempre hemos conjugado muy bien estos verbos.





NO SON “videntes” ni charlatanes quienes sugieren la existencia de universos paralelos y dimensiones imperceptibles. Son los científicos: personas que, de entre todos los humanos, tienen una conciencia más lúcida. Personas que comprenden un poco más que la mayoría. Aunque hablan de otros universos (o universo de universos) y de la posibilidad de que todo lo que percibimos sea una ilusión, en lo esencial viven como cualquiera. Puede que haya otras dimensiones, pero sus vidas también discurren en el largo-ancho-alto: en la terrícola pseudoverdad. Puede que el tiempo no exista y sea el modo como nuestro cerebro percibe otras cosas (la estructura del cosmos, la gravedad…), pero aun así los físicos han de darse prisa si no quieren perder el avión. Sí: también ellos, aun siendo conscientes de la fantasmagoría, se someten a ella. ¿Qué otra cosa podrían hacer?





LOS SENTIDOS no surgieron al servicio de la verdad, sino de la supervivencia. No convenía que percibiéramos todo, ni que lo captáramos con exactitud. Lo mismo puede decirse del cerebro: otro apaño evolutivo. Abarca aquello que interesa -y en la forma que más conviene- para sobrevivir.

Los colores no existen. La luz se refleja en la materia y para la supervivencia conviene que cada forma de reflejarse sea sentida como un color. A esta longitud de onda el cerebro le asigna el rojo, a esa el verde, a aquella otra el azul… Y lo mismo con el olor (partículas que desprende la materia) o el sonido (ondas producidas al vibrar los objetos). No existe el amarillo, ni el olor del clavel, ni el pitido del timbre.

La realidad es en parte (puede que totalmente) una mentira, una engañifa. Pero has de contemporizar, tienes que someterte a la gran farsa. 




(Y PARA ser una farsa podría, al menos, ser blanda y ligera. Podría al menos tener gracia).






LA MESA es un objeto. El lápiz es un objeto. La jarra es un objeto.

La jarra es una cosa, pero no así sus paredes, su fondo.

El lápiz es una cosa, pero no así su punta, su madera.

La mesa es una cosa, pero no así sus patas, sus tableros.

Una cosa, un objeto, es lo que se mueve junto: lo que se mueve a la vez.

Si movemos la mesa, se mueve toda ella. Si movemos el lápiz, se mueve todo él.

Las moléculas forman el objeto piedra porque se mueven juntas. Por eso una piedra es una cosa, y sus moléculas no.

Las moléculas de vapor que el viento mueve a la vez son una nube. Por eso la nube es una cosa.

Las células del gato se mueven juntas. Por eso un gato es un ser, y sus células no.

Soy lo que se desplaza juntamente cuando me desplazo. Eres lo que se mueve a la vez cuando te mueves.

Con esa simpleza troceamos todo.






LOS ANIMALES cazadores, para mejor ver moverse a sus presas, apenas perciben los objetos estáticos. Lo que no interesa a la supervivencia no se ve, no se percibe.

Nuestros ojos no captan los microbios. Si pudiéramos verlos, entonces las cosas más precisas no cabrían en la mirada.

Algo así pasa con el oído. Cada especie capta el espectro sonoro que le interesa para sobrevivir. Oír más sonidos sería perturbador.

La realidad es sólo la parte útil, y convenientemente disfrazada, de lo real. ¿A cuántas zonas de realidad hemos renunciado?






SI NI siquiera aquellos -Einstein, Sagan, Hawking…- cuyas mentes logran penetrar mucho más que las nuestras; si ni siquiera ellos han conseguido entrar en territorio vedado (atisbar el porqué último, los fines, el sentido…), ¿cómo podríamos los demás con nuestros cerebritos, con nuestras pobres mentes de andar por casa, aspirar mínimamente a rozarlo?





LAS MÁQUINAS ya nos superan en memoria, en rapidez, en precisión, en habilidad... Las máquinas almacenan más datos que nuestros cerebros, calculan más deprisa que nosotros, miden mejor, nos ganan al ajedrez. Hace tiempo que es así, pero últimamente nos sacan más ventaja. ¿Cuándo empezarán a rebasarnos en razonamiento? ¿Cuándo empezarán a captar lo que no captamos? ¿Cuándo empezarán a percibir lo que no percibimos? ¿Cuándo empezarán a comprender lo que nuestros cerebros no comprenden?





5000 LENGUAS hay en el mundo. 5000 clases de estructuras sintácticas. 5000 formas de construir el pasado, el futuro, el presente… 5000 formas de declinar, de conjugar, de interrogar, de desear, de dudar, de ordenar… Los sonidos de unas no existen en otras. Unas lenguas se escriben fonéticamente, otras con signos ideográficos. Unas se leen de izquierda a derecha, otras de derecha a izquierda, otras de arriba abajo… Pero todas nombran lo mismo, cuentan lo mismo, reproducen lo mismo. Tantas lenguas, tantas gramáticas, tantas palabras… para una sola realidad. 







DURANTE LA guerra civil nació gente. En medio de las guerras mundiales nació gente. No digo ya que hubo gente engendrada antes y nacida durante la guerra. Digo que, mientras estaban teniendo lugar esas matanzas, hubo quienes concibieron hijos.
Hombres recluidos en campos de concentración que sobrevivieron al frío, al hambre y al trabajo forzado; hombres que por pura chiripa esquivaron las cámaras de gas…, tras su liberación se casaron y tuvieron hijos. Se ve que el sufrimiento y las vejaciones vividos en sus carnes no les hicieron renunciar a tener descendencia. Se ve que no les importó traer nuevas vidas a este lugar hostil. A este sufridero. O quizá actuaron maquinalmente: sin pensar en nada, sin plantearse nada.







PREGUNTAS PROHIBIDAS (¡hay tantas!). Deseaba preguntarle a la maestra ¿Hacía caca Jesús?, ¿se tiraba pedos la virgen María? Pero no sé cómo habría reaccionado. Me habría echado de clase, habría llamado a mis padres para hablar con ellos, me habría suspendido, nunca sabré cómo habría reaccionado. A lo mejor no habría hecho nada, quizá sólo "Se supone que sí, como cualquier persona".







NOÉ DEBIÓ debió cuidarse de cargar piojos, moscas tse tse, mosquitos anopheles…, de otro modo se habrían ahogado en el diluvio. Antes de eso fueron creados por Dios -por ese Dios que nos ama tanto-, como las bacterias y virus que causan epidemias. Y más tarde vino a la Tierra en forma humana, y Jesús, que debía saber la causa de las enfermedades infecciosas, no dijo nada ni advirtió a nadie. Hubo que esperar veinte siglos a que se descubrieran los microbios y los antibióticos… Todo esto se lo digo al sacerdote y en el confesionario pone cara de asombro y disgusto. Le digo que mi fe se tambalea y contesta que la mente humana no da para tanto, que no podemos abarcar los designios de Dios. Se ve que nos hizo a imagen y semejanza suya salvo en lo más importante: en entender el sentido del dolor, el porqué de la fatalidad. 






PUEDE QUE la ética sea un instinto, una tendencia favorecida por la selección natural al ser útil para la conservación de la especie.

Los grupos de homínidos en que no hubiera cierto respeto elemental a los otros, cierta cooperación básica entre sus miembros, estaban abocados a extinguirse: por autodestrucción o por ser más vulnerables a los ataques. Prevalecían, en cambio, los clanes en que la solidaridad y el respeto estaban presentes.

De ahí quizá el impulso de no dañar, de ponerse en el lugar del otro, de la empatía.

Esto puede ser la raíz de la ética. El arranque de la moral, de la conciencia y del remordimiento. El origen del bien y del mal.

El bien sería actuar conforme a ese instinto. Y el mal, llevarle la contraria.







EL SEXO como glándula. Como ubre de vaca, se activa por estimulación. Apretar, frotar, excretar como una vaca ordeñada. La glándula segrega y el resultado quiere salir. La secreción pugna por manar. Eso debe ser la omnipresente libido, esa especie de obsesión, esa querencia mecánica de encajar el falo en una abertura y seguidamente un vaivén hasta eyacular dentro. 







¿DE VERDAD queríais tener un hijo, o fue sólo la pulsión, la pasión? ¿En qué circunstancias fui concebido? ¿De quién partió ese día la iniciativa sexual? Hay que ser depravado para pensarlo, mucho más para preguntarlo a tus padres, nadie lo hace (es un tabú innato, otra pregunta prohibida) y probablemente ellos tampoco lo saben. Pero está en el origen de nuestra vida y nunca lo conoceremos. Sólo que dos células sexuales se unieron, y que surgimos. 




TENEMOS CUATRO abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos. Un escalón más arriba son 32. En el anterior 64. En el previo a éste, 128… En sólo seis generaciones 128 personas. Distintas entre sí, de toda condición. Extraños y extrañas.

De mis abuelos he visto fotos. De algunos de mis ocho bisabuelos también. A los demás nunca los he visto, ni por supuesto a las generaciones anteriores (la fotografía aún no se había inventado). Y en todo caso nada sé de sus vidas.

Vengo de ellos (un trozo de cada uno) y nada sé de ellos.

Vengo de gente rara y desconocida. Vengo de gente de la que no sé nada. 





¿VOLVERÉ OTRA vez a la vida? ¿Juntará el azar cromosomas, células, hasta formar un ser igual?: yo otra vez, mi mismo yo. (¿Acaso no puede en un sorteo repetirse el mismo número?) Supongo que roza lo imposible; y que, aunque ocurriera, sería alguien como yo pero no sería yo.

Por otro lado, tampoco deseo volver.







EXISTÍ EN un cuerpo de bebé, en un cuerpo de niño, en un cuerpo de joven.

Existo en un cuerpo de adulto.

Tal vez llegue a existir en un cuerpo de anciano.

Y todo el tiempo fui, soy, seré yo. El mismo nombre, los mismos apellidos, el mismo carné de identidad, tal vez el mismo ADN y las mismas huellas dactilares.





MI YO de ahora no es el de hace treinta años. Mi yo se actualiza cada día, cada hora, cada minuto.

Lo que me entusiasmaba hace unos años, hoy me aburre e incluso me exaspera.

Lo que desprecié hace una década, ahora me gusta o me parece interesante.

Cada mañana, al despertarme, retomo esa ficción llamada yo. Y me la creo.

2 comentarios:

  1. Desasosegante, amigo Raphael Baldaya, digno de Fernando Pessoa, da igual que seas o no su heterónimo.

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  2. He aprendido a vivir. Prolongadme, oh dioses, el tiempo.

    (GOETHE)

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